La influencia de nuestras palabras

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¿Somos conscientes de la influencia que tienen nuestras palabras en nuestros/as hijos/as? ¿Del impacto que pueden tener nuestros comentarios? A veces creo que lo olvidamos. Pero es normal. No es fácil pensar siempre antes de hablar. De hecho, no es nada fácil autocontrolarnos cada vez que tenemos que hacer y/o decir alguna cosa, y menos cuando estamos invadidos por una emoción de gran intensidad.

Sin embargo, la realidad es que tanto nuestras palabras, como el tono y la melodía tienen un elevado impacto en nuestros/as hijos/as, sobre todo cuando son más pequeños/as. No es hasta alrededor de los 6 años que empiezan a ser capaces de saber que lo que decimos o el cómo lo decimos puede venir conducido por nuestro enfado, por nuestros nervios, por nuestra tristeza, etc.

Pero esto al final, como la gran mayoría de las cosas, tiene su doble lectura. Nuestras palabras puede influenciarlos e impactarlos de una manera devastadora, o bien, de una manera positiva.

Nuestras palabras los definen

Cuando son pequeños/as, nuestros hijos/as se describen a partir de las palabras que les hemos dicho. De los calificativos que les hemos otorgado, ya sean virtudes y habilidades o aspectos a mejorar.

Construyen su autoconcepto a partir de las palabras que escuchan

Nuestras palabras influyen en su nivel emocional y cognitivo, pudiendo llegar a causarles inseguridad, indefensión, etc y/o dañarles su autoestima si no se usan con cuidado. Por eso, es importante prestar atención a lo que decimos y el modo en que lo hacemos.

No es lo mismo decirles a nuestros/as hijos/as “eres un/a maleducado/a” o “eres un torpe”, que decirles “Lo estás haciendo de manera torpe” o “Estás teniendo una actitud propia de un/a maleducado/a». El ser les etiqueta. Les da un atributo estático, mientras que el estar o hacer les permite modificarlos.

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«Debemos pasar del ser al estar o hacer.» 

El mensaje de detrás de nuestras palabras

A menudo, a nuestros/as hijos/as les decimos: “cuidado que te caerás”, “vigila que te harás daño”, “cuidado que se te caerá” o “ya te lo hago yo”. Les decimos esto con nuestra mejor intención. Les queremos ayudar, o bien, evitar que se hagan daño o encuentren un obstáculo. Pero cuando les decimos frases como estas, realmente el mensaje que les estamos transmitiendo es “No puedes”, “No eres capaz”. 

Les hacemos las cosas o les invitamos a que dejen de hacer algo, a menudo por miedo a que se hagan daño o por evitar tener que esperar a que lo hagan ellos/as, en vez de animarles, motivarles y/o enseñarles a cómo hacerlo.

«Sin práctica, no hay aprendizaje»

Está claro que con nuestra experiencia, podemos hacer las cosas mucho más rápidos que ellos e incluso con mayor precisión. Por ejemplo, nosotros tardamos dos minutos en cortarle la carne en trozos pequeños. Mientras que ellos/as, pueden tardar 10 o 15 minutos y cortarlo en trozos grandes y desiguales. Pero si no practican, nunca van a aprender. Démosles las oportunidades para que lo intenten y practiquen.

Si tienes alguna duda o te gustaría tener una consulta con nuestro equipo, no dudes en contactar con nosotras.

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